Islas del Rosario y Playa Blanca. Tremendo.

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Vista de Boca Grande, Cartagena, desde la lancha

Estando en Cartagena de Indias decidimos contratar un “tour” para conocer las islas de aguas claras que se encuentran no muy lejos de la ciudad. Lo contratamos el mismo día, ya que es época de lluvias y el clima era bastante incierto, ese día amaneció nubladito pero soleado.

De los 60.000 pesos por barba que nos pedían, conseguimos rebajarlo a 40.000, a esto había que sumarle otros 13.500 pesos de tasas de embarque, probablemente más caras que las tasas de embarque del aeropuerto pero, estábamos en Cartagena de Indias, tierra de la felicidad, sobre todo de la felicidad de los cuatro que tienen en sus manos el lucrativo sector del turismo en esta ciudad.

La embarcación tenía anunciada su salida a las 8:15 de la mañana y, como todo medio de transporte colombiano que no se precie, salió cuando llenó, nunca antes. Aquí, los horarios de salida de los transportes, son solamente indicativo de que no van a salir antes de esa hora, a no ser que para entonces ya hayan llenado el barquito, bus, buseta, etc… Rompiendo una lanza a favor del transporte colombiano, he de decir que el único vuelo doméstico que hasta ahora he tomado, salió puntual, eso sí, estaba lleno.

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Boca Chica

Lo que en un principio iba a ser un barquito de dos pisos, se transformó en una lancha rápida, pero ahí no hubo magia, sino arte de birlibirloque. Según íbamos embarcando en la lancha, se nos iban entregando las pulseritas de “casi nada incluido”, y se nos acomodó en la lancha bajo una perfecta desorganización. A mi en concreto me acomodaron justo delante del único niño que viajaba en la lancha, que resultó ser hiperactivo y sus padres indolentes. Huelga decir que estuve la mitad del viaje sujetándome una mano con la otra para no dar un bofetón al niño y un par de ellos al padre. La madre suficiente trabajo tenía con atender al bebe del cual el padre se desentendió durante todo el viaje.

Como he mencionado anteriormente, la lancha era rápida, muy rápida, así pues, dependiendo de la rapidez de conexión entre tu retina y tu cerebro, así sería tu capacidad para asimilar lo que tenías delante de tus ojos. Si se me permite establecer una similitud, en mi caso esto vendría a ser como el Nivel 9 del Tetris, ese que cualquiera que te vea jugando tiene la impresión de que te has enchufado dos rayas de “speed”. Pero no todo fue tan tan tan, tuvieron la deferencia de reducir la marcha por dos veces; una entre dos fortalezas defensivas de la época española para darnos el apunte de que estábamos entre dos fortalezas, y otra para recitarnos los nombres de media docena de islotes de propiedad privada como si no fuésemos a olvidar esa información media milla marina más adelante. Resumiendo: obviedades y naderías. Muy del nivel de la excursión que habíamos felizmente contratado.

La primera parada era en Playa Blanca, para quien quisiera quedarse todo el día perreando en la playa, la segunda parada sería para realizar dos actividades a elegir: visita al acuario o buceo. En la playa no descendió nadie, ya que la única pareja que quería hacerlo, se vieron decepcionados porque el lugar no coincidía con el que les habían mostrado en una foto antes de contratar el paseo.

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Turista empapado y sorprendido por las condiciones de la mar.

Al llegar al acuario nos comunicaron lo que ya sabíamos y también lo que no. Para entrar al acuario a ver delfines y tiburones presos haciendo piruetas había que pagar 25.000 pesos, la misma cantidad que la segunda opción que era bucear con tubo y que el precio se justificaba por el alquiler del equipo. Lo que no sabíamos era que los que llevábamos material para hacer “snorkeling” teníamos que pagar también. A pesar de que el arrecife de coral estaba a aproximadamente 300 metros lineales, no teníamos derecho a ser transportados allí, a pesar de haber navegado durante dos horas para llegar a ese punto.

Allí fuí yo a hablar con el encargado de darnos la información que era como un armario de ébano de 2 x 1,5 metros, con voz de tenor de ópera y piernas de niño de Biafra. Yo le decía que a nosotros nos habían dicho que si llevábamos equipo no teníamos que pagar nada más, y él erre que erre, que “no” era su problema a quién le habíamos contratado el viaje, y yo que “sí” era su problema, ya que era alguien a quien su empresa le había dado atributos para poder hacerlo. El tipo se cerró en banda y solo repetía una y otra vez: “yo se que toy asiendo bien mi traba´o”, “yo se que toy asiendo bien mi traba´o”, “yo se que toy asiendo bien mi traba´o”, así hasta la saciedad. Yo en ese momento quería ser como Sigurni Güiber en “Gorilas en la niebla” para poder hacer un huequito en su cerebro a través del mantra que estaba recitando y poder comunicarme con “ello”, pero uno tiene sus límites.

El caso es que unos cuantos nos quedamos junto a otras cien personas en una especie de tierra de nadie; en un rinconcito de la isla donde estaba el acuario y que no tendría más de 200 metros cuadrados de superficie, rodeados de baruchos y tiendas de artesanía con precios nórdicos y que poseía una zona de mar acotada por el propio muelle de madera donde podríamos remojarnos seguros en agua como pis hasta que acabase el espectáculo de una hora del acuario y la actividad de buceo. Echarse a mar abierto no estaba prohibido, pero había que andar con mil ojos para que no te llevase la corriente o te pasase por encima una lancha de intrépidos turistas como nosotros. Pero, todavía quedaba lo peor.

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“Ambientazo” en Playa Blanca

Después de unos 45 minutos más de navegación regresamos a almorzar a Playa Blanca. El restaurante-chiringuito que la empresa tenía contratado nos ofreció una comida similar a la de la foto de promoción pero más bien reducidita que nos arrojaban delante de donde estábamos formal y borreguilmente sentados como quien echa de comer a los cerdos. Es lo que tiene el dar un servicio a gente que no vas a volver en tu vida y que sabes que independientemente del servicio que des lo vas a cobrar igualmente. Es cierto que la mojarra frita que nos sirvieron estaba rica, de hecho nunca he chupado tanto las espinas a un pescado, pero me temo que esto fue principalmente por la escasez de la ración.

Si en la escasa media hora que demoré en comerme el plato no me importunaron al menos veinticinco vendedores, no me importunó ninguno. Vendedores de ostras, de cervezas, de estatuillas, de cervezas, de pulseras, de cervezas, de collares, de cervezas, filomasajistas… increiblemente pesados, que a pesar de hablar castellano, no entendían el significado de la palabra “no”, con lo que cuando acababas con uno ya tenías al siguiente encima. No llegaban al punto de hacer cola porque el restaurante estaba llenito de los borregos que habíamos llegado con diferentes empresas, y eso sí, estaban infinitamente mejor organizados que las empresas de turismo que habíamos contratado.

Después de comer llegaron los vendedores de helados y volvieron los de cervezas, dos minutos mas tarde los de collares, las filomasajistas, los de pulseras, etc… ah! y los de cervezas. Era tal el agobio que saltándome el sagrado precepto de las dos horas de disgestión que tan devotamente me había inculcado mi madre, me lancé desesperadamente al mar salpicadito de lanchas borreguiles y lo peor de todo, motos acuáticas de alquiler que eran conducidas temerariamente por sus pilotos por cualquier parte de la playa que no fuera la “acotada” a borreguitos que retozaban en el agua hasta que este les sobrepasaba la barriguita. Al peligro de las motos, se sumaba la peste a gasolina quemada de las propias motos y las lanchas que estaban paradas pero arrancadas.

A pesar de que la hora de vuelta a Cartagena estaba prevista para las tres de la tarde, no salimos hasta las cinco, algo que está muy bien porque aprovechas más la jornada playera, y muy mal porque si te van a dejar dos horas más debieran al menos de avisar para uno hacerse a la idea y organizarse mejor.

Después de casi un mes de viajar por Colombia, puedo asegurar que el momento en que pisé el puerto de Cartagena a la vuelta de la excursión, fue uno de los momentos más agradables de mi estancia en este país.

 

 

 

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6 comentarios en “Islas del Rosario y Playa Blanca. Tremendo.

  1. Lo invito a que deje de creer que por $10 euros puede conseguir un servicio de calidad que saldrá puntal y que le va a ofrecer seguridad, muy ingenuo de su parte. La cantidad de vendedores es proporcional a la cantidad de viajeros que visitan esta zona y no aportan absolutamente nada a una comunidad sumergida en la pobreza. Así que sea un viajero que aporte en vez de criticar tanto cada lugar que visita. Finalmente usted resulta ser uno más que hacen de estas zonas algo congestionadas y sucias.

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    1. Que pena Dami que solamente te quedes con lo negativo de las publicaciones que escribo. De todas maneras, he de decirte que soy crítico con lo que veo y leo, y si me siento engañado, ten en cuenta que lo voy a contar si así evito que a otros les ocurra.
      Por otra parte, decirte que el precio del tour fue superior a 10$ y que no cumplieron con lo que se nos ofreció. En cuanto a los vendedores, hay formas y formas de ofrecer un producto. Si vender supone molestar, creo que algo falla y, al menos de mi, no van a conseguir nada de esa manera. Una cosa es ofrecer y otra obligar.
      Desgraciadamente, los lugares de turismo masivo son habitualmente aborrecibles, aunque, eso sí, casi siempre tienen algo que ofrecer, por eso vamos allí… a veces como borregos, eso no quita que sean criticables. Pienso que la crítica fundada es sana, así como estoy seguro que hay gente que no la acepta.
      Y es cierto que contribuí a congestionar la zona con mi visita, pero no a ensuciarla, amo demasiado los espacios naturales como para hacer eso, es más, por pagarles alguna forma de tributo, siempre traigo algo de basura de ellos -una lata, un pedazo de plástico…-. Seguramente de Playa Blanca no me volví con las manos vacías.

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